Monstruos y criaturas fantásticas del mundo editorial

Ya estamos en el mes del jalogüín y como nos encanta el terror y el suspenso, hoy les traemos algo para estar ad hoc con las fechas: La increíble y triste historia de las textoservidoras y (algunos de) sus clientes desalmados. No nos malinterpreten, amamos a nuestro círculo de clientes felices, pero hemos tenido uno que otro que ha inspirado este texto.

Primero, lo primero. En Tinta Roja Editoras nos dedicamos a los servicios editoriales: a editar, traducir, crear contenidos y corregir ajeno. Hasta ahí todo muy bien y muy bonito ―así empiezan todas las historias de miedo― pero, ¿sabes a todo lo que se tiene que enfrentar una persona que se dedica a lo editorial? 

Hace unos días me senté en el sillón después de un ajetreado día de hacer corrección de estilo y me dispuse, de manera automática, a scrollear el Facebook sin poner mucha atención, hasta que algo despertó mi curiosidad. Resulta que sigo una página con contenido sobre gramática, ortografía, lectura y esas cosas ñoñas que me encantan; abrí la publicación en la que una persona hacía una pregunta y los comentarios eran horribles: unos le contestaban recriminando que no supiera la respuesta porque “eso nos lo enseñaron en la primaria” y, a ellos, otros les respondían con burlas porque les faltó una coma.

No les voy a mentir, cuando me llega un mensaje no puedo evitar notar los errores de ortografía y de redacción, pero nunca me atrevería a evidenciarlos de una forma tan cruel. De alguna manera, trabajar en Tinta Roja Editoras me permite usar mi conocimiento para ayudar a quienes recurren a nosotras y eso me da mucha satisfacción, pero para llegar hasta aquí también me enfrenté a los sabelotodo que subestimaron mi trabajo porque decían que lo mío no debía considerarse una carrera.

De pronto sonó “The Sound of Silence” de fondo, mientras mi mente hacía un flashback a todos los momentos en que los clientes me hicieron sentir que mi trabajo no valía. Cual película de Tarantino, por cada palabra de menosprecio y cada regateo que me hacían, un chorro de sangre salía por aquí y otro por allá: era mi corazón de editora acribillado. 

Y como las penas con letras son menos, vine a este blog a desahogarme. Todos los que nos dedicamos a esto hemos tenido malas experiencias, pero estoy segura que son más los recuerdos bonitos que esta profesión nos regala. En las películas de terror siempre hay de dos sopas: matar al monstruo o dejarlo ganar. Nosotras los matamos; aprendimos que hay quienes sí valoran y pagan el precio justo por lo que hacemos. A los personajes negativos de nuestro camino, no los hemos olvidado, de hecho, les hicimos un monstruoso homenaje…

Advertencia: Los personajes en este catálogo están basados en historias reales. Se recomienda discreción.

El fantasma

Este individuo te contacta hasta por la ouija si es necesario, porque el trabajo le urgía para ayer, pero se hace el muerto cuando le pides que te mande algo relacionado con su proyecto. Luego, hace sorprendentes reapariciones cuando tiene encima la fecha de entrega. Es muy probable que nadie lo haya visto cuando lo estás buscando para que te pague y hasta desactiva la palomita azul del WhatsApp para que no lo puedas rastrear.

Dr. Jekyll y Mr. Hyde

No sabemos qué poción se tomó, pero se desprendió por completo de su lado humano y dejó un ser lleno de maldad. Casi siempre se dedica a la ciencia o la ingeniería, aunque hay de estos en todas las disciplinas. Te contrata a fuerza porque le regresaron la presentación de su proyecto y jura que la buena ortografía no es importante y que él solo, con su sabiduría, va a cambiar el mundo. 

Cerbero

Este monstruo no es un mito. Llega con un proyecto sencillo: “Ya mañana queda. Te lo echas en dos horas”, dice, pero cuando se lo entregas, resulta que su idea ya cambió, te pide que le metas esto aquí y esto allá. Terminas haciendo mil cambios y, cuando se lo enseñas, te dice que mejor no, que le gustaba más la primera versión. Al final las dos horas se convierten en dos semanas sin dormir que te dejan con ganas de irte a echar una siesta al mismísimo Hades donde nadie te moleste.

Hombre lobo

Lo conoces, te cae bien y hasta te da gusto trabajar con él, pero conforme se acerca la luna llena (fecha de entrega) le salen garras, colmillos y se vuelve muy agresivo. Te grita, se altera, te persigue de noche y hasta aúlla para que sepas que está detrás de ti. Lo bueno de esta bestia es que no hay necesidad de ir al Mercado de Sonora a comprar balas de plata, porque cuando terminas su proyecto, se vuelve a convertir en un tierno cachorro.

El jinete sin cabeza 

Efectivamente, no sabemos en dónde tiene la cabeza. Todo se le olvida, es distraído y nunca te manda la información completa. Trabajar con él requiere una maestría en clarividencia para que adivines lo que quiere. Sus ideas no tienen ni pies ni cabeza ―como él― y terminas inventando cosas para que el texto tenga sentido. 

Frankenstein

Este humanoide llega con un proyecto creado a partir de los cadáveres de mil ideas sin objetivo ni conexión alguna. No es violento, de hecho es bastante listo, pero su desorganización y falta de claridad te dejarán un tormentoso recuerdo de por vida.

Drácula

Un ser pálido y ojeroso que se caracteriza porque sólo aparece de noche. Te manda mensajes a deshoras porque le urgen los cambios, y cuidadito se te ocurra irte de parranda el viernes por la noche, porque te huele y no para de pedirte sus avances. Te chupa la sangre y la juventud: varios han muerto a manos de esta criatura. Ni el collar de ajos ni las estacas ahuyentan a este vampiro.

Zombie

Todavía no sabemos si se alimenta de cerebros, pero suele ser lento para mandarte sus documentos, pueden pasar meses y, cuando por fin recibes su correo, todo está incompleto. Te manda notas de voz de tres minutos para algo que pudo decir en 15 segundos. Las reuniones con este ser duran una eternidad, porque no logra comunicar su idea con precisión. Cualquier proyecto con un zombie puede extenderse hasta dos años porque poseen una resistencia que sólo la magia negra puede explicar.

Algunos de estos seres tienen contacto también con la gente que trabaja en diseño y marketing, así que hay que tener mucho cuidado y portarnos bien para que la vida no nos castigue y los mande a jalarnos los pies.

Las brujas de Tinta Roja Editoras ya dibujamos un pentagrama de sal y estamos recitando un conjuro que libre y proteja a todas nuestras colegas de estas bestias, porque, obviamente, somos brujas buenas. Soñamos un mundo en el que no nos quemen en la hoguera, en el que no le teman a la magia de la buena ortografía y las letras. Mientras eso sucede, deseamos que disfruten las fiestas de disfraces y el altar de Día de Muertos.