Y esto, ¿qué es? Entrevista a José Antonio Pérez Robleda

José Antonio entró a mi vida por la nariz: el aroma de las delicias que cocinaba en el piso de arriba en un departamento en la colonia Juárez me embriagaba. Después de unas cuantas pláticas de pasillo tuve el honor de que él y Mónica, su entonces novia, me recibieran en su casa, donde encontré un refugio de afectos, libros, poesía, fotografía, vino y buen comer. 

Ahora, seis años después, José Antonio y Mónica tienen una hija, y a ella va dedicado el primer album infantil de Pérez-Robleda, Y esto, ¿qué es?, un cuento situado en la Huasteca Potosina que habla de sororidad y vuelta a las raíces escrito en Tének, traducido al español por Luis Flores, ilustrado por Alejandra Alarcón y editado por Tinta Roja Editoras. Ésta es la historia de su autor. 

¿Cómo te acercaste a la literatura y a la escritura? 

Yo empecé a hacer poemas antes de saber escribir. Desde niño, con dos o tres años, ya rimaba. Mi prima y mi tía escribían mis poemas porque no había manera de que yo pudiera escribirlos. 

Cuando hice la primera comunión, junté el dinero que me regalaron y me compré una máquina de escribir. Aún conservo un libro que escribí en ella a los doce años con un prólogo un poco pretencioso (risas): mi primera antología de veinte poemas. Aún lo conservo en mi casa en España.

¿Cuándo empezaste a leer?

Tengo el recuerdo preciso. Mis papás no pudieron estudiar porque ellos nacieron en la posguerra y no tuvieron la oportunidad de formarse académicamente, tenían que trabajar muy pronto. Entonces para ellos se convirtió en una obsesión que yo fuera letrado, que acabara una carrera universitaria, la que fuera. Mi papá fue un visionario y me decía: “No importa la carrera que acabes, pero prepárate para la vida”. Como mis papás apenas saben leer y escribir, mi mamá pudo ayudarme hasta que aprendí a leer, pero para ella eso fue primordial y por eso salí del kinder sabiendo leer. 

Lo primero que leí fueron los letreros de una gasolinería a la edad de tres años. Los libros siempre me han salvado. Yo viví en un barrio bravo y la manera de protegerme fue la lectura. Desde niño padezco TDA y cada que iba a las consultas con el psiquiatra llevaba un libro; años después el psiquiatra me confesó que el libro era símbolo de protección, era una barrera ante el mundo. 

Si leer era una protección, escribir fue encontrar una salida para expresarme y contar lo que me estaba pasando, pero por el TDA nunca fui capaz de sentarme a escribir una novela. Incluso durante mucho tiempo me costó el cuento; en cambio, en la poesía encontré el formato más adecuado para mí.

A los 15 años conocí al poeta Don Carmelo Villegas Costa, el actual presidente de la colección Adonáis de poesía. En ese tiempo gané un concurso de literatura en la preparatoria y el premio era un diccionario de la Real Academia, pero como yo era muy ñoño ya tenía esa edición del diccionario, entonces pedí a cambio el mismo monto pero en novelas de Arturo Pérez Reverte. A partir de ahí fui ubicado como el chico con pretensiones literarias. 

¿Qué te gustaba leer? 

Hasta que cursé la asignatura de literatura con Carmelo tuve una guía para leer porque antes leía lo que caía en mis manos. Quizá empecé a descubrir los clásicos a una edad tardía para un lector promedio. 

Carmelo, que es una persona confesionalmente religiosa, inició esa asignatura con el Pentateuco. Los cinco primeros libros de la Biblia es algo que compartimos con judios, árabes y cristianos. Literal y literariamente todos partimos de esos primeros cinco libros. Cuando dicen que todas las historias han sido contadas, quiere decir que todas las historias están en el Pentateuco. Es muy difícil encontrar una historia de amor, desamor, odio o traición que no esté en esos libros. Después leímos Romeo y Julieta y terminamos con los poemas más complicados de T. S. Elliot. También leímos Esperando a Godot y muchas obras que para cualquier persona son algo normal, pero que yo las descubrí hasta esa edad porque no tenía libros en casa. Ahí se abrió el mundo de la literatura para mí. 

En esa época descubrí a muchos poetas que ahora son amigos míos, como Juan Arjona, o a la poeta que más me ha marcado (después de Carmelo), Wisława Szymborska. Al igual que ella, otros poetas que han sido cruciales para mí son Bukowski y a T. S. Elliot. Adquirí un gusto por la literatura de la experiencia. 

Así que puedo decir que hay dos momentos del inicio de mi vida lectora, uno natural y otro donde descubrí el mundo de la literatura.

¿En qué momento te convertiste en escritor?

Cuando conocí a Carmelo le mostré los poemas que había rimado de niño. Él fue lo bastante irónico para decirme que no eran buenos y lo bastante cariñoso para animarme. Sin embargo, después de cursar literatura con él, le compartí otros poemas, entonces cambió su perspectiva y me dijo: “Aquí hay un cambio, aquí pasó algo”. Se dio cuenta de que sí entendía las cosas que me estaba diciendo. En ese momento me sentí tierra fértil.

He tenido la oportunidad de ver tu librero y recuerdo que, incluso antes de tener a tu hija, tenías títulos infantiles. ¿Cómo nació ese amor por la literatura infantil?  

La segunda cosa más importante de mi literatura es la Biblioteca de Camas, que tiene la mayor colección de literatura infantil de Andalucía. Así que todo surgió de una manera muy natural. Como a mí me gustaban los libros desde niño, mi madre me llevó a la biblioteca. En esa época teníamos que recorrer un descampado para ir de mi barrio al centro del pueblo, era toda una aventura.

La primera vez que fui a la biblioteca pedí libros de parapsicología y el bibliotecario, que se llama Cristobal Guerrero y es un tipo impresionante, con todo el cariño del mundo fue a la sección infantil y me dio un  libro de fantasmas. No sé si lo hizo de manera consciente o no, pero ese libro era adecuado para mi edad. Yo estaba acostumbrado a leer lo que cayera en mis manos y esa fue la primera vez en mi vida que recibí un libro adecuado para mí. 

En aquella época todavía se hacía el servicio militar en España, pero yo tenía clarísimo que no iba a hacerlo. Entonces hice un servicio social alternativo en la biblioteca. Salía del colegio pasaba seis o siete horas rodeado de libros hasta que regresaba a mi casa. En ese tiempo la Biblioteca de Camas era un fervor literario en el pueblo. Juan Arjona y otros poetas de la zona iban a contar cuentos. Así se formó un grupo de gente con intereses por la literatura infantil y ahí aprendí a contar cuentos.

Cuando llegué a México, aunque todo eso ya me parecía muy lejano, mi gusto por la literatura infantil se volvió un anclaje. Entendí que tenía que construir y empecé a comprar libros infantiles. Se volvió una obsesión tener ciertos títulos y, sobre todo, conseguir libros de editoriales mexicanas. 

¿En qué momento pasaste de hacer pequeñas rimas a descubrirte como poeta?

En la preparatoria Carmelo nos habló del Premio Adonáis y para mí se volvió un reto. Seguí escribiendo y gané dos premios, entre ellos el segundo lugar del premio Gerardo Rovira. Para mí la poesía no era sólo un gusto, sino que realmente significaba más. Carmelo y un jefe que tuve en México me convencieron de que nunca sería escritor por mi mala ortografía. Entonces abandoné la literatura por el diseño gráfico.

Es que no conocían a tus editoras de confianza… (risas)

Ellos pensaban que el escritor debía tener buena ortografía. Mi tema con la ortografía es fuerte, yo antes podía escribir en la misma frase un “haber” y otro sin “h” y con “v”. No era capaz de detectar mis propios errores porque los que padecemos TDA severo podemos leer sin ver las palabras, es decir, mi cabeza va mucho más rápido que mis ojos. Además, como aprendí mecanografía podía escribir sin pensar. Hacer dos o más cosas a la vez podría parecer muy bueno, hasta ciencia ficción porque quienes padecemos TDA podemos escuchar música y leer, o leer mucho más rápido que cualquier otra persona y retenerlo, pero todo se complica porque la atención al detalle se diluye mucho. 

Después vine a vivir a México y en 2012 se rompió el disco duro de mi computadora. Me dispuse a recuperar todo lo que había hecho y en ese momento descubrí que, aunque pensaba que en los últimos diez años no había escrito, en realidad sí lo había hecho. 

Encontré poemas dispersos y decidí que ya estaba listo para escribir un libro, que terminé dos semanas antes del cierre de la convocatoria para el Premio Adonáis, que era el certamen al que toda mi vida había querido presentarme. Ese premio lleva funcionando desde 1943 y todos los ganadores marcan la oficialidad de la poesía española, por lo menos hasta la primera década del siglo XX. En la colección Adonáis están los poetas más admirados desde el año 1927 a la actualidad. El día del fallo me enteré por un tweet de la Biblioteca Nacional de España que obtuve el accésit, la verdad no me lo creía. Siempre lo digo, en 2014 todavía gané un premio de poesía joven.

Las ediciones del premio son las mismas desde el año 1943, así que al ver la colección completa y encontrarme al último no podía creerlo. A partir de ahí me tomé más en serio la literatura. 

¿En qué momento de este camino escribiste Y esto, ¿qué es??

Empecé a escribir literatura infantil porque me rodeé de niños. Siempre había contado cuentos, pero era un asunto meramente oral hasta que surgió la necesidad de escribir una historia. Entonces escribí La cama más grande del mundo, la cual también me la publicaron; y me dije: “Me gusta la literatura infantil y es algo que puedo escribir”. En ese momento, mi pareja, Mónica, cambió mi visión de la vida y así fue como conocí otro México, otras personas y otro ambiente. Descubrí a personas muy serias que se dedican a la literatura infantil en México.

            Recuerdo que me marcó mucho el viaje que Mónica hizo porque su abuelo había fallecido. Él tenía orígenes indígenas y Mónica se reencontró con sus raíces. Cuando regresó, yo vi que ahí había una historia por contar. Ahí nació Y esto, ¿qué es? También experimenté un poco de pudor porque es un cuento de observador. De Mónica observé cómo fue encontrándose con varias mujeres a lo largo de su historia y una de ellas es su abuela, quien se convirtió en un testimonio y eso obligó a Mónica a ir recogiendo testimonios.

El cuento es mucho más idealizado, pero también es una historia universal. Como europeo no conoces eso, es decir, mis raíces están tan mezcladas desde hace miles de años que resulta imposible hacer un rastreo. Sé que mis abuelos vienen de un pueblo, mis otros abuelos vienen de otro pueblo y ya está. No existe el regreso a un origen, a una cultura o a una diferencia de lo que tengo. Sin embargo, con Mónica yo vi que se trataba de un regreso a un pueblo originario, a una diferencia. Por eso decidí escribir la historia de una manera universal. El pudor lo experimenté porque no eran temas míos y aunque lo escribí hace mucho tiempo, cuando aún no estaba de moda la apropiación cultural, recuerdo que le pregunté a Mónica: “¿Crees que me estoy apropiando de algo?” Y ella me respondió: “Lo escribiste para mí. Simplemente eres espectador”. 

Si bien la historia la escribí para Mónica, Flavia, mi hija, es la propia Tének hoy en día. Ella, que ya no conserva rasgos indígenas, tendrá que hacer el camino hacia atrás, hacia sus raíces. 

Cuéntame sobre el idioma de la historia, ¿cómo fue ese proceso?

En algún momento en que me dije: “Esto no puedo quedarmelo yo, no puede ser algo sólo mío”. Rápidamente me di cuenta de que lo ideal era voltear a las más de quinientas lenguas indígenas de México, de las cuales muchas se están perdiendo. Sin embargo, no quería irme por el náhuatl o el maya, entonces descubrí el idioma tének, que significa “los de aquí” y su cultura se me hizo interesantísima. Me pareció muy honesto elegir una lengua que fuera minoritaria, una lengua viva, porque eso implica que hay gente que leerá la historia en la misma lengua que emplea todos los días para comprar las tortillas, cambiar camotes por frijol o ganar su sueldo en la informática como el mismo traductor de la historia. Finalmente, la confirmación fue que Luis, el traductor, me dijera: “Todo lo que estás contando podría pertenecer a mi cultura”. En ese momento percibí el sentido universal. 

¿Cómo construiste la historia?

Los cuentos para niños deben tener una estructura y para mí era muy importante que Y esto, ¿qué es? no fuese un cuento para adultos disfrazado de cuento para niños. Quería que fuera un cuento para niños y la prueba de fuego fue cuando lo conté en un pueblo con niños de ascendencia indígena y les encantó. Es una historia pensada para niñas y niños, por ello tiene elementos de los cuentos infantiles como la repetición. Lo que un niño quiere al leer una historia es saber qué viene después, pero al mismo tiempo quiere encontrarse con un pequeño cambio para que pueda sorprenderse. 

Por eso el cuento tiene una estructura muy marcada. Empieza cuando Tének, que es una niña de ocho o nueve años, encuentra un objeto y como cualquier niña curiosa, quiere saber qué es; de ahí viene la frase “Y esto, ¿qué es?”. Así que se acerca a su hermana mayor para preguntarle y a partir de ahí se va reproduciendo esta repetición clásica de los cuentos infantiles. Tének va haciendo la misma pregunta a mujeres, pero cada vez la situación se complica. Es una peregrinación, en la que se van sumando todas las mujeres con las que se encuentra Tének. 

El personaje de Ilanix va haciendo un recorrido en el tiempo, que es un recorrido a través de las personas. Pues la única forma que tenemos para viajar al pasado es leyendo o acercándonos a las personas que lo vivieron. El objeto por el que pregunta Tének es el leitmotiv, la excusa para que Tének haga ese recorrido. Es un juego con la curiosidad de los niños y las niñas. La finalidad del objeto, que es antiguo y tiene una magia poderosa, es reunir a todas las mujeres. Lo más importante de todo es volver a las raíces; volver a lo que somos. Se trata de una novela de aventuras para niños, donde la heroína al querer develar qué es ese objeto se encuentra con sus raíces y lo que viene detrás de ella.

Elegiste a una mujer para ilustrar a Tének.

Sí, para mí era muy importante que fuese mujer porque en la literatura infantil la ilustración es una coautoría. Un libro latinoamericano y que habla sobre mujeres no podía ser ilustrado por un hombre. Era necesaria la visión de una mujer. La busqué desde un principio y, aunque no pudimos hacerlo en ese momento, pero gracias a que la necedad en mí se ha vuelto una virtud y a la beca que nos dieron, ella se ha vuelto la coautora del libro. 

Platícanos sobre tu proyecto más reciente.

Cuando envié Mitología íntima, que es el accésit del Premio Adonáis, comencé a escribir más y retomé muchas cosas. Surgieron muchas ideas y un nuevo universo literario. En ese entonces me puse a buscar temas y el western me interesó mucho. Mitología íntima recoge poemas que escribí a los doce o trece años, obviamente reeditados, es el trabajo de toda una vida. 

El western me pareció un espacio muy interesante porque es mucho más aguerrido y fuerte. El western es el género estadounidense por antonomasia y todos hemos jugado “indios y vaqueros” y así nos inculcaron la idea de que era necesario mandar colonos al oeste pero no nos decían que era porque se trataba de una tierra recién robada y tenían miedo de que intentaran recuperarla.  A partir de ahí surgieron muchas ideas que me permitieron hablar de manera muy velada, a mi estilo ñoño, sobre cuestiones políticas, pero también sobre el amor. 

Se trata de un western escrito en poesía. Tiene algunos momentos clave a modo de guión con prólogo, epílogo e intermedio, como las películas antiguas. Se trata de un recorrido que un lector avezado podrá recorrer del primer poema al último y regresar. De hecho existe un mapa que nunca se publicará, donde salen todos los pueblos y todos los lugares por donde se va desarrollando la historia. 

El caballo del malo es un viaje con diferentes temáticas, donde curiosamente no se habla de amor, sino de desamor. Se diferencia de mi primer libro justamente porque es muy desamoroso en un sentido personal, de pareja y social. Tiene una queja sobre esta visión ingenieril sobre la naturaleza y sobre el progreso, pero también contiene muchas cosas ocultas, que descubrirás cuando lo leas.